Estados Unidos: la clave que puede definir las elecciones

En casi todas las democracias del planeta, el objetivo central de las campañas electorales es seducir a los votantes indecisos, que en muchos países son la mayoría de los ciudadanos. Los candidatos saben que solo tienen asegurado a un núcleo de seguidores fieles con el que no les alcanza para ganar las elecciones, así que toda la estrategia gira en torno a convencer a los independientes de que son mejores –o menos malos– que sus adversarios.

El juego es muy diferente en Estados Unidos. Si bien hay un número no trivial de electores neutrales, son cada vez menos los que cambian de bando entre una elección y otra. Por las características del sistema y de la cultura política, las preferencias partidarias son bastante estables. El problema es que vota poca gente.

En 2016, cuando Donald Trump fue electo presidente, votó el 56% de los ciudadanos en edad de hacerlo. Ninguno de los otros seis países registró menos de 60% en sus últimas elecciones. En Alemania votó el 69,1% en 2016; en Francia, el 67,9% en 2017; en Italia, el 65,2% en 2018; en España, el 65,1% en en 2019; en Canadá, el 62,4% en 2019; y en el Reino Unido, el 62% en 2019.

Por eso, las campañas en Estados Unidos están esencialmente dirigidas a persuadir a los propios de que vale la pena el esfuerzo de ir a votar. Por supuesto, también importa convencer a los indefinidos. Pero en un país crecientemente polarizado, en el que casi todos tienen una posición tomada en torno a cada partido, gana el que tiene mayor capacidad de movilizar a su propia base electoral y  “si se juega sucio” el que logra desmotivar a los simpatizantes del adversario.

El perfil del votante estadounidense

Si se divide a los votantes por el grupo de edad se encuentran diferencias muy significativas. En 2016, por ejemplo, sufragó solo el 43,4% de los votantes registrados de entre 18 y 29 años, según datos de The United States Elections Project, el portal especializado del profesor Michael McDonald, de la Universidad de Florida. Entre los 45 y 59 años, la participación ascendió al 66,2%, y entre los mayores de 60, superó el 71 por ciento.

La distancia es aún mayor cuando se considera el nivel educativo de la población. Entre las personas con secundario incompleto, solo votó el 30,7% en 2016. Entre los que lo terminaron, la tasa subió al 48,8 por ciento. Pero el mayor salto se vio en los estratos superiores: votó el 68,6% de los universitarios y el 85% de quienes tienen estudios de posgrado, casi el triple que entre los que no completaron el secundario.

La misma tendencia se verifica cuando se divide a los ciudadanos por el nivel de ingresos familiares. En promedio, votó en 2016 el 41,4% de los que viven en hogares que reportan menos de 10.000 dólares al año, según una encuesta de la Oficina del Censo de los Estados Unidos. En el otro extremo, quienes informan ingresos por más de 150.000 dólares al año tienen una tasa de participación de 80,3 por ciento.

Claramente el mayor desafío de Donald Trump y Joe Biden es convencer a sus partidarios de ir a sufragar el 3 de noviembre.

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